• San Francisco de Asís
San Francisco de Asís

San Francisco de Asís

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Al presentar mi Vida de San Francisco, en esta edición alemana, a un círculo de lectores más ancho que el de mi país natal, es deber mío consignar, en breves frases, ciertas deudas de gratitud que de otro modo no pueda pagarlas.

Muchos miembros de la Orden de San Francisco me han auxiliado en mi labor, larga y dificultosa. Antes de ningún otro, he de mencionar aquí al entonces Vicario General de los Frailes Menores, Rvmo. P. David Fleming, merced a cuya influencia me fué posible, en los comienzos de 1903, llevar a cabo mi peregrinación por la Italia Franciscana.

Tras él, citaré al R.P. Leonardo Lemmens, historiográfo de la Orden y ahora prefecto del Colegio de Quaracchi.

En seguida a los guardianes y a otros Padres de varios conventos franciscanos por mi entonces visitados: primeramente en Greccio; en la Foresta, al P. Teodoro de Carpineto; en Cortona, al P. Vicente Esteban Jacopi; y a los PP. Saturnino de Caprese y Samuel Charon de Guersac, en el Monte Albernia.

Vayan también mis gracias al arcipreste de Poggio Bustone, D. Severino y al ingeniero Sr. Provaroni; a los capuchinos de Celle, en especial al P. Florencio y a los redentoristas de Cortona, en cuya casa, por mediación del R.P. Carlos Dilgskron de Viena, estuve albergado durante mi estancia en la ciudad de Santa Margarita.

Este libro nunca llegará a su última página, al no haber encontrado yo un asilo propicio para el trabajo en el monasterio de Frauenberg, en Fulda, donde durante mucho tiempo, pude aprovecharme de una copiosa colección de literatura franciscana, antigua y moderna.

En aquel sitio escribí la segunda mitad de mi obra; cordialmente doy gracias, por la amistosa hospitalidad que allí se me otorgó, al R.P. Maximiliano Brandys, Provincial de los franciscanos de la Turingia; al R.P. Pacífico Wehner -actualmente en Gorheim, Sigmaringen-, y al R.P. Saturnino Goër, a la sazón guardián del convento, quien con tanta amabilidad me admitió como miembro temporal de su numerosa Comunidad.

Gracias también a todos los afables y solícitos frailes del convento, muy en particular a mi infatigable y abnegado amigo, el P. Miguel Bihl, siempre dispuesto a prestarme su ayuda.

Nunca olvidaré aquellos estivales atardeceres, cuando vagábamos juntos por el huerto de Fraugenberg, y yo contaba mi tarea cotidiana a aquel experto amigo, pidiéndole de paso su opinión sobre tal cual punto difícil, mientras el sol se hundía tras los árboles, rojo y gigantesco.

-Ardua empresa es la de escribir la vida de San Francisco de Asís- díjome cierto día mi venerado amigo, el abad Plácido Wolter, de Beuron -y sólo una mano sacerdotal debería acometerla-

¿No lo dice acaso el Santo mismo en el Speculum perfectionis? -Carlos emperador, Roldán y Oliveros, y todos los paladines y robustos varones que fueron poderosos en las batallas, persiguiendo a los infieles con harto sudor y trabajo, hubieron de ellos victoria memorable, y a la postre esos santos mártires murieron por la fe de Jesucristo en batalla.

Más ahora son muchos los que de la sola narración de las hazañas que aquellos realizaron quieren recibir gloria y alabanza.

Así, gente hay también entre nosotros, que, sólo refiriendo y pregonando las obras que los santos llevaron a cabo, piensan y pretenden con esto conseguir aplausos y honores.

Por eso dijo con profunda verdad San Francisco: "Tanto ha el hombre de ciencia cuanto obra: Tantum homo habet scientia, quantum operatur". Último objeto de sabiduría es servir y aprovechar a la existencia. El saber sólo es tal al convertirse en vida.

Así, tras la literaria diligencia de los viejos autores de leyendas ocúltase siempre una intención práctica de moral.

Y toda moderna biografía de San Francisco que pretenda guardar la huella espiritual del Santo de Asís, ha de ser de tal suerte que en ella, como en las obras escritas de los antiguos frailes, se sientan palpitar aquellas palabras: "Fac secundum exemplar" ¡Aprended de Francisco que los ideales existen para ser realidades!

Juan Jörgensen

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